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PARTE 1
—¡Ese niño no merece estrenar cosas hermosas antes que yo! —exclamó Camila con fuerza, estrujando el conejo de felpa que un invitado había obsequiado para mi futuro hijo.
Cursaba la semana treinta y dos de mi embarazo cuando percibí cómo mi vientre se tensaba bruscamente, una reacción provocada no por el parto inminente, sino por el profundo enfado que me invadía.
Mi nombre es Mariana, tengo 29 años y, antes de aquel fatídico sábado, pensaba que las peores dificultades de la gestación se limitaban a los mareos matutinos, los achaques de espalda y el lógico temor a la maternidad primeriza. Jamás cruzó por mi mente que la celebración previa al nacimiento de mi hijo concluiría con los obsequios totalmente vandalizados por la sobrina de mi cónyuge.
Diego, mi esposo, mantiene desde siempre un vínculo muy estrecho con sus parientes. Su sobrina de catorce años, Camila, lo consideraba casi su ser más adorado en el planeta. En cada encuentro familiar, ella se aferraba a su brazo, le mostraba sus deberes escolares, le imploraba que salieran a comprar helados y mostraba gran hostilidad si notaba que su tío me prestaba más atención a mí. Aunque yo percibía su evidente recelo, supuse erróneamente que eran simples conductas típicas de la pubertad.
La planeación del festejo corrió a cargo de mi progenitora y de Laura, mi compañera de vida más cercana, utilizando el jardín del hogar paterno en Querétaro. Decorado con globos, el lugar contaba con banquetes, bebidas refrescantes, una estación de dulces y un gran tablón destinado a los presentes para el recién nacido. Al evento acudieron cerca de cuarenta invitados, sumando a mis seres queridos, amistades y la parentela de Diego.
Al arribar Camila en compañía de sus progenitores, Claudia y Roberto, su saludo hacia mí fue sumamente frío. Permaneció pegada a Diego durante toda la jornada, intentando demostrar al resto de los presentes que ella poseía la prioridad en el afecto de su tío antes de la llegada de nuestro bebé.
Transcurrido el primer tramo de la tarde, en medio de una dinámica para calcular la circunferencia de mi abdomen usando cintas, Laura se me aproximó con el rostro desencajado.
—Mariana, acompáñame un momento. Ocurrió un incidente en la zona de los obsequios.
Me dirigí al sitio indicado sintiendo que me fallaban las fuerzas para mantenerme en pie.
Una gran parte de las envolturas habían sido desgarradas con saña. El césped estaba cubierto de envoltorios rotos, cajas maltrechas, prendas de vestir infantiles desparramadas, mamaderas fuera de sus empaques y juguetes dispersos por doquier. La estructura de pañales que mi madre confeccionó con esmero durante tres veladas yacía destruida. No obstante, el dolor más grande lo causó contemplar la pequeña manta que mi difunta abuela tejió con sus manos: presentaba severos tirones, una costura rota en un extremo y hebras sueltas, evidenciando un claro intento de destrucción deliberada.
Justo al lado se encontraba Camila.
Su mirada lucía húmeda por el llanto, pero mantenía una actitud desafiante.
—Me rehusaba a que él se quedara con todas esas cosas —declaró al ser confrontada por Diego sobre sus actos—. En cuanto dé a luz, todos se olvidarán de mi existencia.
Un silencio sepulcral invadió a los asistentes. Mi madre rompió en llanto, mientras que Laura reflejaba una intensa rabia en su rostro. Por mi parte, experimenté una dolorosa combinación de desolación, humillación e ira contenida.
—Es necesario que abandonen el lugar —le exigí a Claudia, haciendo un esfuerzo por no gritar—. De inmediato.
Mi cuñada me dirigió una mirada de reproche, haciéndome pasar por la agresora.
—Solo es una menor, Mariana, y pasa por un momento de confusión. Resulta innecesario que la expongas a esta vergüenza pública.
—Su edad es de catorce años —repliqué—. No se trata de un simple descuido doméstico. Ha destrozado intencionalmente los presentes de mi futuro hijo y una manta invaluable confeccionada por mi abuela.
Roberto condujo a Camila al automóvil en medio de sus sollozos. Claudia lo secundó de inmediato, retirándose sin ofrecer disculpa alguna.
La reunión se prolongó brevemente por mera cortesía, aunque el ambiente festivo se había esfumado por completo. Tras la partida de los invitados, Diego y yo permanecimos inmóviles en el jardín, contemplando las envolturas destrozadas y los artículos de lactancia arruinados. Mi esposo me ofreció disculpas reiteradamente, comprometiéndose a dialogar con su hermana, reponer la totalidad de los objetos dañados y exigir una disculpa formal a su sobrina.
En ese instante, decidí confiar en sus palabras.
La calma duró poco, pues a la mañana siguiente Claudia me envió un recado afirmando que mi reacción había sido desproporcionada. Según ella, mi estado de gestación me volvía sumamente susceptible y, en vez de echar a su hija del lugar, mi deber era haberle dado un abrazo en público.
En ese instante comprendí que el destrozo de la mesa no representaba la mayor gravedad del asunto.
La verdadera pesadilla apenas daba sus primeros pasos.
PARTE 2
A lo largo de la quincena posterior, Claudia evitó cualquier contacto directo conmigo. Utilizaba a Diego de intermediario para cualquier comunicación, tratándome como a una intrusa que se había colado sin invitación en su círculo familiar. Inicialmente, declaró que no repondrían ningún objeto dañado bajo el pretexto de que el perjuicio era irreversible y argumentando que todavía obtendríamos bastantes obsequios antes del parto. Posteriormente, compartió una queja en el grupo de mensajería de la familia, expresando su pena por el hecho de que personas maduras albergaran resentimiento hacia una joven que se encontraba vulnerable.
Por mi parte, elaboré un inventario detallado de los elementos deteriorados, que incluía prendas de vestir, juguetes, mamilas, pañales, una carriola de paseo que acabó con raspaduras, mantas, diversos complementos y, sobre todo, la cobija tejida por mi abuela, cuyo valor sentimental era incalculable. Asimismo, recopilé las imágenes que mis amistades habían capturado durante el incidente. Diego respaldó mi postura por completo: a menos que hubiera una petición de perdón formal y se restituyeran las pertenencias, Camila tendría prohibido conocer al recién nacido.
Los padres de Diego, Teresa y Manuel, buscaban actuar como mediadores para apaciguar los ánimos.
—Mija, ya pasó —me decía Teresa—. Lo importante es que el bebé nazca sano.
—No pasó —respondía yo—. Lo están escondiendo debajo del tapete.
Cierto domingo, nos convocaron a una reunión en el hogar de mis suegros con el propósito de dialogar a nivel familiar. Aunque yo me resistía a asistir, Diego me convenció de que era la oportunidad idónea para establecer límites definitivos ante los presentes. Claudia se presentó adoptando un papel de perjudicada y abrió la conversación asegurando que su hija continuaba afectada psicológicamente debido a la humillación que yo le había hecho pasar.
En ese momento, decidí mostrar mi teléfono.
Exhibí ante todos las capturas visuales: la cobija destrozada, los empaques rotos y la estructura de pañales totalmente aplastada. Procedí a dar lectura detallada al inventario que había preparado, mencionando el costo estimado de cada artículo. El salón quedó sumido en un silencio total.
Manuel fue quien finalmente interrumpió aquella tensión.
—Claudia, la situación real supera por mucho lo que nos habías presentado.
Un par de tías de Diego concordaron en que desconocían la magnitud real de las pérdidas. Con el rostro encendido de rabia, Claudia protestó acusando al resto de aliarse en su contra.
Mi pareja la interrumpió de inmediato.
—Llevamos semanas exigiendo el mínimo respeto: una disculpa sincera y la reparación de los daños materiales.
Llena de ira, Claudia se puso de pie y abandonó el lugar abruptamente.
Transcurridas cuarenta y ocho horas, recibí un breve texto de Camila. En él expresaba su arrepentimiento por haber arruinado los objetos y manifestaba su intención de enmendar el error. Aunque dudé de la autenticidad de sus palabras o de si actuaba presionada por alguien más, representaba un avance frente a la indiferencia previa.
Poco después, comenzaron a entregarse diversos envíos en nuestro domicilio que contenían ropa de bebé, mamilas, mantas y pañales. A pesar de que Claudia no incluyó ningún mensaje personal de disculpa, su remitente constaba claramente en el exterior de los bultos.
Llegué a creer que la tormenta finalmente estaba quedando atrás.
Sin embargo, mi estimación no pudo ser más errónea.
El nacimiento de mi bebé se adelantó un par de semanas respecto a la fecha estimada; llegó al mundo con buena salud, un llanto vigoroso y una diminuta marca de nacimiento en el cachete izquierdo. Previamente habíamos establecido pautas muy estrictas para su cuidado: prohibido presentarse sin avisar, tomarle fotografías o difundir imágenes de su rostro en redes sociales.
Durante nuestra segunda jornada de estancia médica, el personal de enfermería me notificó que un grupo de personas aguardaba en la planta baja con la intención de visitarme.
La comitiva estaba integrada por Claudia, Roberto, Camila y una prima de la familia.
La adolescente portaba un obsequio junto a una pancarta de grandes dimensiones que llevaba plegada.
Al descender Diego para interceptarlos, descubrió que la pancarta contenía un collage de retratos de él al lado de Camila, adornado con dibujos de corazones y, colocada en un extremo, una copia impresa de mi ecografía.
Fue entonces cuando caí en la cuenta de que la situación trascendía los simples celos de una jovencita.
Detrás de sus acciones, existía un tercero estimulando sus temores de manera deliberada.
A partir de ese momento, nuestra prioridad era identificar al verdadero responsable.
PARTE 3
Solicité a la asistente de salud que impidiera el acceso a cualquiera fuera de nuestro listado autorizado. Su gesto de comprensión formal me generó un alivio inmenso que no logré expresar verbalmente en ese instante. Mi cuerpo continuaba afiebrado, con suturas dolorosas, mientras me esforzaba por lactar al recién nacido e intentaba contener las lágrimas al incorporarme de la cama.
Diego descendió hacia el mostrador principal y se demoró alrededor de un cuarto de hora. Al retornar a la habitación, su rostro lucía completamente descolorido.
—Mi hermana armó un alboroto abajo —musitó—. Reclamó que estábamos reteniendo a la fuerza la alegría de Camila. Sostuvo que la pequeña poseía la prerrogativa de ver a su primo.
—¿Prerrogativa? —inquirí, experimentando una súbita oleada de leche materna mezclada con una profunda indignación—. Tu hermana carece del sentido del respeto y de las fronteras ajenas.
Diego se acomodó a mi costado y estrechó entre sus dedos la diminuta mano de nuestro pequeño.
—He coordinado con el personal de vigilancia. Se encargarán de bloquearles el paso de ahora en adelante.
Conciliar el sueño resultó imposible durante esa jornada nocturna. Cualquier crujido externo en el corredor me sobresaltaba. Con el nuevo amanecer, solicité la confidencialidad absoluta de mi historial médico y colocamos un aviso en la entrada: “Prohibido el ingreso sin el consentimiento expreso de la madre”.
Al recibir la autorización para marcharnos a casa, encontré la nevera provista de comida gracias a mi madre, y Laura nos había obsequiado un cesto repleto de paños húmedos, compresas, pomadas, pañales y bebidas en la estancia. Aquel detalle me devolvió el cobijo que tanto extrañaba tras jornadas tan difíciles.
No obstante, la insistencia de Claudia no cesó allí.
Durante el fin de semana, recibimos una monumental composición floral acompañada de una dedicatoria: “De quienes sí desean festejar el nacimiento del niño”.
Poco después se presentó un repartidor con un pastel adornado con calzado infantil modelado en pasta de azúcar. Le ordené a mi esposo que se lo obsequiara a la persona que vivía al lado. Me rehusaba a conservar cualquier obsequio proveniente de ella en nuestro hogar.
Al día siguiente, las notificaciones telefónicas fueron incesantes. Llegaban textos de parientes políticos directos y lejanos. Varios me reprochaban inmadurez. Unos cuantos justificaban la conducta de Camila por su minoría de edad. Hubo quienes me acusaron de instrumentalizar al recién nacido para vengarme del entorno familiar.
Ante tal acoso, Diego telefoneó a su progenitora.
—Clausuren de inmediato el grupo de mensajería o me retiraré definitivamente de todos —le advirtió—. Mi mujer acaba de atravesar un parto. Carecemos del tiempo y la paciencia para debatir con decenas de familiares.
Posteriormente, Teresa nos reveló que Claudia había difundido un extenso texto difamándonos por insensibles, alegando que su hija ya había sufrido suficiente castigo y atribuyéndome un placer sádico por su desdicha.
Al comenzar la semana laboral, entró una llamada de procedencia no registrada en mi móvil. Se identificó como la consejera escolar del colegio de la menor.
—Lamento importunarla, Sra. Mariana. La estudiante ha manifestado llanto constante durante las lecciones. Afirma que el afecto de su tío se desvaneció tras la llegada del nuevo integrante.
Apreté los párpados. Sentí el impulso de interrumpir la comunicación. Sin embargo, reflexioné que en medio de todo este caos existía una jovencita abrumada por sentimientos que su propio hogar no lograba canalizar adecuadamente.
La funcionaria sugirió un encuentro presencial. Acepté únicamente bajo la premisa de que fuera en las instalaciones escolares o en un espacio imparcial, descartando por completo el domicilio de su madre.
Transcurridas cuarenta y ocho horas, acudimos a la cita.
La muchacha permanecía quieta, sosteniendo un cuaderno anillado sobre su regazo, con un aspecto sumamente vulnerable. Claudia mantenía una postura defensiva de brazos cruzados, fijando su mirada en el muro con una actitud de víctima ofendida.
La mediadora inició el diálogo abordando la importancia de las fronteras personales, el sentido del deber y las relaciones afectivas saludables. Acto seguido, invitó a la adolescente a dar lectura a sus anotaciones.
La menor contuvo el aliento antes de hablar.
—Supuse que destrozar los obsequios desvanecería la atención sobre el recién nacido —confesó balbuceando—. Creí que así mi tío recordaría mi prioridad en su vida. Siento remordimiento por la manta y por presentarme en la clínica. Desconocía la manera de manifestar mis temores.
Mi esposo tomó aire profundamente.
—Camila, mi afecto por ti permanece intacto. El nacimiento de mi hijo no disminuye mi aprecio hacia ti. Sin embargo, amar a una persona no implica consentir que cause daño a los demás.
Las lágrimas de la joven comenzaron a rodar silenciosamente por sus mejillas.
La especialista escolar dirigió su mirada hacia Claudia.
—Es momento de que nos explique de qué manera asumirá su rol materno para enmendar este daño.
Claudia se recolocó en su asiento y recurrió a su habitual discurso defensivo: la extrema sensibilidad de su hija, mi supuesta severidad, las complicaciones de la gestación, los asuntos de familia y la incomprensión general de los demás.
La terapeuta le cortó el paso.
—No le estoy pidiendo justificaciones sobre los fallos ajenos. Le pregunto directamente sobre su propia cuota de responsabilidad.
Un silencio absoluto se apoderó de Claudia.
Finalmente, admitió de mala gana haber restado importancia al conflicto y reconoció la imprudencia de su visita al centro médico. No ofreció un perdón sincero, afectuoso ni total. Sin embargo, presencié por fin el instante en que tuvo que admitir un error ante una autoridad ajena a sus manipulaciones.
Nos marchamos con un pacto firmado sobre papel: Camila redactaría una carta de disculpas manuscrita, colaboraría en dos labores reparadoras designadas por mí y, transcurrida una quincena, se le permitiría un encuentro corto y vigilado con el recién nacido. No habría contacto físico inicial, ni fotografías, ni publicaciones en redes, y se prohibía la asistencia de Claudia.
Decidí que las tareas de Camila consistieran en clasificar las prendas infantiles según sus medidas y lavar las mamaderas bajo la mirada atenta de Diego. Mi intención era hacerle ver que un recién nacido no constituía un juguete adornado, sino un ser humano verdadero que requería atenciones constantes.
Al comenzar la semana, Diego la recogió del colegio y la trajo al hogar. Al ingresar, Camila se descalzó espontáneamente, higienizó sus manos sin requerir indicaciones y aguardó sentada junto a la mesa mientras yo concluía la lactancia de mi pequeño. Le entregué un cesto de prendas. Clasificó los bodies de primera postura y los de tres meses, ordenó los pequeños calcetines y consultó sobre el sitio correcto para almacenar cada lote.
Tras finalizar su labor, preguntó:
—¿Necesita algo más?
—No —respondí—. Lo hiciste bien.
Contempló al infante a la distancia durante un instante breve antes de inclinar su cabeza hacia el suelo.
Repitió sus visitas en cuatro ocasiones durante las siguientes dos semanas, manteniendo una actitud serena y sin intentar rozar al niño. En una ocasión, nos entregó un escrito donde explicaba que había consultado con su docente de plástica sobre la viabilidad de enmarcar los restos de la manta tejida por mi abuela para evitar su deterioro. Se comprometió a financiar parte del proceso usando su asignación semanal.
Aquel mensaje escrito logró conmoverme de verdad.
No solucionaba la situación por completo, pero representaba el primer gesto genuino que no buscaba la aprobación del entorno.
Paralelamente, mi suegro Manuel localizó a una artesana dedicada a confeccionar mantas para neonatos en cuidados intensivos. Le facilitó imágenes de la prenda hecha por mi abuela con el fin de replicar el diseño. El resultado no fue exacto y los tonos diferían levemente, pero sostenerla me devolvió una sensación muy similar a revivir el pasado.
Mi madre no pudo contener el llanto al verla.
Yo también lloré.
El encuentro controlado inicial se prolongó apenas por cinco minutos. Me ubiqué en el sofá sosteniendo a mi hijo, mientras Diego se colocaba en medio de Camila y yo. Ella, apoyando sus palmas sobre los muslos, fijó su mirada en el pequeño y le dio un saludo en voz baja:
—Hola.
Ante los primeros gestos de incomodidad del niño, di por concluida la sesión:
—Hasta aquí por hoy.
Camila se puso en pie.
—Gracias por dejarme verlo.
Siguieron otros dos encuentros de idéntica duración. Durante el tercero, accedimos a que lo tomara en brazos por espacio de dos minutos, bajo la atenta cercanía de Diego a su lado y mi vigilancia desde el frente. Sostuvo al infante con pulso firme y respiración contenida. Al reintegrarlo a los brazos de Diego, su rostro mostró una sonrisa que denotaba el valor de un privilegio que no consideraba propio pero que deseaba proteger.
Aquel instante sembró en mí la esperanza de una posible reconciliación futura.
No obstante, la personalidad de Claudia permanecía inalterable.
Solicitó a Diego un retrato digital del niño argumentando que deseaba conservarlo como recuerdo, recibiendo una negativa rotunda por parte de él.
Luego propuso un almuerzo familiar en un espacio ajeno a conflictos, pero Diego declinó nuevamente la propuesta.
Ella le envió una secuencia de ocho mensajes afirmando que yo ejercía control sobre él. Su reacción fue el silencio.
Ante esto, el marido de Claudia, Roberto, solicitó una conversación privada con Diego.
Al regresar a casa aquella noche, el rostro de Diego me causó un gran temor.
—Roberto iniciará el trámite de divorcio —me comunicó.
Sosteniendo una pequeña manta limpia que acababa de doblar, me paralicé por completo.
—¿Qué ha ocurrido?
Diego tomó asiento justo delante de mí.
—Se enteró de la verdad. Claudia terminó admitiéndole que incitó a Camila a destrozar los obsequios.
Tuve la sensación de que las paredes de la habitación se estrechaban a mi alrededor.
—¿De qué estás hablando?
—De acuerdo con su versión, no fue una instrucción explícita. Sin embargo, sembró esas ideas en su cabeza. Le sugirió que la llegada del recién nacido la dejaría sin mi atención, que el resto de la familia priorizaría al bebé y que los presentes demostraban que mi hijo era más valioso. También le insinuó que a veces se requerían acciones drásticas para hacer visible el sufrimiento propio.
Cubrí mi boca con la mano, horrorizada.
Habíamos pasado semanas debatiendo el comportamiento de una joven, ignorando que una persona adulta la estaba guiando deliberadamente hacia el abismo.
—¿Cuál fue el motivo de semejante acto? —interrogué, a pesar de que en mi fuero interno ya intuía la explicación.
Diego desvió los ojos hacia el suelo.
—Roberto explica que la rabia de Claudia nacía de nuestro embarazo. Ellos pasaron años buscando otro hijo sin éxito, un dolor que ella jamás superó. Mi estado de gestación desató sus comparaciones constantes. Aseguraba que mis padres marginarían a Camila por el nuevo nieto, que yo me distanciaría de ella y que la atención familiar se desviaría por completo.
Permanecí en silencio durante unos minutos.
Contemplé a mi pequeño mientras dormía, con su mano expuesta fuera de la manta, respirando con la paz de quien desconoce que existen adultos dispuestos a instrumentalizar el sufrimiento ajeno.
Pude experimentar cierta compasión hacia Claudia; la incapacidad de concebir y el duelo no resuelto desmoronan a cualquiera. No obstante, eso no legitimaba manipular a su propia hija para arruinar un festejo, hostigar a una madre en pleno posparto y transformar a un recién nacido en el blanco de sus rencores.
En el transcurso del proceso de separación, Roberto asumió la convivencia con Camila, quien inició un tratamiento psicológico apoyado por la consejera de su colegio. Con el tiempo, la joven abandonó la actitud defensiva de sentirse despojada por mi hijo. Mantuvo el afecto hacia Diego, logrando solicitar momentos compartidos sin invadir el territorio ajeno.
En una ocasión, ella le planteó:
—¿Sería posible tomar un café juntos al salir de clase, nosotros dos solos?
Diego me consultó la propuesta antes de dar una respuesta.
—Acepta —le aconseje—. Ese tipo de interacción es saludable.
Era crucial que Camila comprobara que su lugar seguía intacto, al mismo tiempo que debía asimilar que el afecto no se retiene pisoteando la felicidad de los demás.
La disolución matrimonial entre Claudia y Roberto progresó con una celeridad inesperada. Él aportó como pruebas diversos textos, grabaciones de voz y capturas de pantalla. En tales registros, el odio con el que Claudia se refería a mí me causó escalofríos, al igual que sus quejas sobre cómo esa criatura alteraba la dinámica familiar antes de su nacimiento. Mis suegros, al confrontar la evidencia, cesaron en su empeño de obligarnos a convivir con ella.
Una tarde, Teresa se disculpó conmigo en el espacio de mi cocina.
—Por intentar preservar la armonía familiar, acabé encubriendo a la persona que causaba el perjuicio.
Aquello no reparó todo por completo, pues nada de lo vivido fue ideal, pero sus palabras tuvieron un valor real para mí.
Claudia quedó excluida de nuestro hogar de manera definitiva; no se le enviaron imágenes del niño ni se le incluyó en eventos íntimos. Su parentesco no justificaba las agresiones.
Por su parte, Camila fue construyendo un rol diferente: dejó atrás la posición de la joven mimada a la que debíamos contentar para convertirse en la prima mayor que buscaba enmendar sus errores. Ella colaboró en el enmarcado de los fragmentos recuperados de la manta de mi abuela, contemplando fijamente la obra terminada durante un prolongado instante.
—Desearía no haberla destrozado —mencionó ella.
—Pienso igual —le contesté—. No obstante, deseo que grabes esto en tu mente al contemplarla: ciertas situaciones jamás recuperan su estado original, sin importar las disculpas. Por este motivo, resulta indispensable reflexionar antes de causar daño.
Ella inclinó la cabeza en señal de asentimiento.
Mi pequeño cuenta ya con algunos meses de vida. Descansa durante casi toda la madrugada, detesta un biberón sumamente costoso que adquirimos de urgencia y suelta carcajadas con las gesticulaciones ruidosas que Diego realiza para él. Camila acude a verlo de forma esporádica, bajo pautas estrictas de convivencia. En ocasiones le narra historias infantiles. En otras, contempla simplemente cómo se divierte con sus propias manos.
El castigo para Claudia superó la simple restricción de ver al recién nacido. Quedó desprovista de la credibilidad ante su propia hija, su cónyuge y un entorno familiar que finalmente comprendió que la tranquilidad no equivale a callar.
Por mi parte, sufrí ciertas pérdidas: la manta original tejida por mi abuela, el anhelo de una celebración de nacimiento armoniosa y aquella inocente fe en que la madurez define a las personas mayores.
A cambio, obtuve una convicción inquebrantable.
Resguardar a los tuyos no consiste en ocultar la realidad.
Se logra estableciendo barreras firmes, aun cuando el habla se quiebre, te tilden de dramática o el resto de la gente elija tu sumisión para mantener su propia comodidad.
Pues, con frecuencia, aquel individuo que proclama con mayor fuerza la cohesión del hogar es quien sabotea los cimientos de forma clandestina.