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PARTE 1
—Me deshice de todo debido a que su padre ya falleció y es hora de que dejen atrás ese apego enfermizo.
Aquellas palabras salieron de la boca de la pareja de mi madre. Se encontraba plantado en el centro de la estancia de aquella propiedad que mi progenitor nos había heredado a mi hermano y a mí. Hablaba con una tranquilidad pasmosa, restándole importancia al hecho de haber arrojado a la basura los últimos tesoros y recuerdos del hombre que nos dio la vida.
Mi nombre es Mariana y cuento con 31 años de edad. Hasta aquel instante, creía conocer el límite de la maldad de mi madre.
Estaba completamente errada.
Patricia, mi progenitora, jamás ejerció su rol materno. Quedó encinta de mi padre, Ernesto, durante su época universitaria, pero argumentaba que la maternidad arruinaría sus mejores años. Tras dar a luz, firmó la documentación requerida para cederme la custodia exclusiva a mi padre y se marchó sin mirar atrás, tratándome como a una equivocación que deseaba extirpar de su existencia.
Mi crianza estuvo a cargo de mi papá y mis abuelos, en un humilde hogar ubicado en la colonia Narvarte de la Ciudad de México. El afecto jamás escaseó en nuestras vidas. Mi padre se esforzaba trabajando durante la jornada diurna y tomando clases nocturnas; a pesar de su apretada agenda, siempre encontraba el momento para arreglar mi cabello, supervisar mis deberes escolares y relatarme historias antes de dormir. El cobijo y ternura de mis abuelos también fueron constantes. Aunque carecíamos de un núcleo familiar idílico, gozábamos de un lazo auténtico.
Al alcanzar yo la edad de seis años, la suerte de mi padre cambió al obtener una excelente posición laboral dentro del sector logístico, lo que le permitió adquirir un inmueble de mayores dimensiones en Coyoacán. Ese fue el preciso instante en que mi madre decidió retornar.
Alegó que sentía la ausencia de mi padre, que anhelaba constituir un verdadero hogar y que su mentalidad había evolucionado. Mi papá, cuyo amor incomprensible por ella superaba la lógica, le otorgó su perdón de manera inmediata y me suplicó que intentara abrir mi corazón hacia ella.
Sin embargo, la maternidad seguía sin ser del agrado de Patricia. Me prohibió emplear el término “mamá”, exigiéndome que la llamara “Pati” bajo el pretexto de que el otro apelativo le sumaba años. Durante mis años adolescentes, solía vestir de forma reveladora ante la presencia de mis amistades, dedicándoles gestos coquetos y expresando comentarios sumamente incómodos. El colmo ocurrió en la celebración de mi graduación, cuando se presentó usando un bañador de dos piezas ante la concurrencia y le solicitó a uno de mis amigos que esparciera protector solar sobre su espalda. Deseé que la tierra me tragara en ese instante.
Posteriormente aconteció el nacimiento de mi hermano Diego, a quien ella tampoco prestó la menor atención. La responsabilidad de su crianza recayó sobre los hombros de mi padre y los míos. Me encargué de reemplazar sus pañales, elaborar sus biberones y conducirlo a su colegio de educación básica mientras Patricia dedicaba sus jornadas a realizar compras y reunirse con sus amistades en restaurantes.
Transcurrió un año desde que mi padre cayó gravemente enfermo. Enfrentamos un largo periodo de ingresos hospitalarios, análisis médicos, sesiones de quimioterapia y una constante zozobra. Diego y yo permanecimos a su lado de forma incondicional. Por el contrario, Patricia continuó con su habitual rutina de autocuidado, travesías recreativas, banquetes y publicaciones alegres en su red social de Facebook.
Tras el deceso de nuestro progenitor, la titularidad del inmueble fue otorgada a Diego y a mí, mientras que a Patricia únicamente le correspondió una suma monetaria. Esta decisión desató su furia, pues codiciaba la vivienda. Intentó amedrentarnos con emprender acciones legales, pero la asesoría jurídica le advirtió sobre la inviabilidad de su reclamo. Al verse acorralada, solicitó permanecer en la residencia mediante el pago de un alquiler mínimo. Accedimos bajo la condición de firmar un acuerdo legal, con el fin de establecer fronteras claras.
Apenas dos meses más tarde, nos dio a conocer a Kevin, un sujeto de edad similar a la nuestra que portaba prendas ceñidas, una mueca soberbia en el rostro y una total falta de consideración hacia nosotros.
En aquella jornada, subimos con la intención de retirar las pertenencias finales de mi padre almacenadas en la guardilla.
No obstante, el desván carecía de objeto alguno.
Al cuestionar sobre su paradero, Kevin alzó los hombros con indiferencia y respondió:
—Las deseché. Solo eran cachivaches inútiles.
Experimenté una fractura interna instantánea.
Mi madre, adoptando una postura defensiva con los brazos cruzados, abogó por él.
—Kevin actuó pensando en su bienestar, para que puedan superar más rápido esta etapa de luto.
En ese preciso instante comprendí que el daño iba más allá de la destrucción de los objetos de mi padre.
Acababan de iniciar un conflicto bélico del cual ignoraban que saldríamos victoriosos.
PARTE 2
Diego arremetió contra Kevin con tal rapidez que apenas logré interponerme entre ambos. Mi hermano, que por lo general era mucho más pacífico que yo, tenía la mirada encendida de rabia. Le reclamó a gritos que el contenido de esas cajas no eran desperdicios, pues allí guardábamos los antiguos relojes de nuestro padre, sus camisas de trabajo, la correspondencia de nuestros abuelos, retratos familiares, libretas de cocina y hasta el juguete de madera que mi papá le había construido en su infancia.
Kevin intentó mostrarse firme.
—Yo revisé todo. No encontré nada de valor.
—¿Y quién te dio esa autoridad? —le grité—. ¿Quién te crees que eres para decidir qué cosas de nuestro padre tenían importancia?
Patricia colocó su mano sobre el pecho de Kevin, adoptando una postura protectora como si él fuera el afectado.
—No te dirijas a él de esa manera. Bastante hizo con limpiar toda esa suciedad. Vivir aferrados a un fallecido no es algo saludable.
Aquellas palabras terminaron por extinguir cualquier rastro de piedad que me quedara hacia ella.
Diego la contempló con una serenidad que resultaba aterradora.
—De no haber sido por el matrimonio de mi padre contigo, habríamos cortado toda relación hace muchísimos años.
Patricia hizo el ademán de protestar, ofendida, pero interrumpí sus palabras de inmediato.
—A partir del próximo mes pagarán el alquiler completo, ajustado al costo real de esta zona. Si no están de acuerdo, empaquen sus pertenencias y desalojen la propiedad.
Mi madre comenzó a vociferar acusándonos de ingratos, asegurando que nuestro padre jamás habría consentido tal trato. Sin embargo, fue justamente él quien blindó la vivienda registrándola a nuestro nombre. Quizás, en el fondo, siempre conoció su verdadera naturaleza.
Durante las jornadas posteriores, Patricia nos acosó con mensajes de texto. Reclamaba que Kevin se sentía humillado por nuestra violencia, que Diego lo había intimidado y que mi comportamiento hacia ella era despiadado por el simple asunto de “unos cartones sin importancia”.
Poco después, cometió una acción todavía más baja.
Anunció en Facebook su próximo matrimonio con Kevin.
Difundió imágenes de ambos abrazados, mostrando a su pareja besarle la mano donde destacaba una sortija gigantesca. En la descripción afirmó que experimentaba la mayor felicidad de su vida y que hubiese deseado conocer a Kevin antes.
Antes.
Antes de estar con mi papá.
Antes de nuestra existencia.
Antes de simular por tanto tiempo que formaba parte de nuestro hogar.
Los parientes de parte de mi padre, los tíos e incluso la propia familia de Patricia empezaron a llamarnos. Nadie lograba dar crédito a la situación. No se había cumplido aún el primer aniversario del fallecimiento de mi papá y ella ya publicitaba su boda con el individuo que se deshizo de sus pertenencias más queridas.
En ese contexto, Diego descubrió ciertos archivos en su teléfono móvil.
Eran tomas antiguas del desván realizadas meses atrás, cuando comenzamos con la mudanza. En varias de las capturas se apreciaban las cajas abiertas: cronógrafos, álbumes de fotos, papeles, una chaqueta de cuero, las condecoraciones del abuelo, herramientas viejas y un cartapacio azul que mi padre solía mantener bajo llave.
Esa carpeta había desaparecido.
Al enseñarle las pruebas gráficas a nuestro representante legal, su dictamen dio un giro radical al asunto:
—Esto trasciende la simple pérdida de objetos viejos. Si en ese portafolios había documentos patrimoniales, nuestra posición legal es sumamente fuerte.
Patricia todavía ignoraba el obsequio nupcial que estaba por recibir.
PARTE 3
La notificación oficial de desalojo se emitió a primera hora de un lunes.
No obedeció al arrebato de un momento de rabia ni a una amenaza informal. Mi hermano y yo acudimos al despacho del jurista para analizar el convenio, recopilar evidencias e imprimir capturas de pantalla, recibos y conversaciones. Todo quedó organizado en un expediente con una pulcritud y frialdad idénticas a las que mi padre empleaba al archivar las cuentas del hogar.
Al estampar mi firma, experimenté un leve temblor en los dedos.
No debido a alguna vacilación.
Sino por la irracional punzada de dolor que conllevaba asumir que estaba expulsando de la propiedad a mi propia progenitora.
Aunque jamás se hubiera comportado como una verdadera madre para mí.
La notificación legal establecía un plazo de 30 días para que Patricia desalojara el inmueble. Asimismo, especificaba la total falta de derechos de permanencia de Kevin, quien jamás figuró como inquilino autorizado; su estancia allí derivaba solo de la autorización de Patricia, la cual quedaba anulada de inmediato al rescindirse el acuerdo.
Por otra parte, nuestro defensor legal añadió un ultimátum claro: de rehusarse a marcharse, emprenderíamos demandas por perjuicios, mensualidades atrasadas y la pérdida de los objetos personales que pertenecieron a nuestro progenitor, Ernesto Rivas.
Al recibir la notificación, Patricia intentó comunicarse conmigo telefónicamente en diecisiete ocasiones.
Ignoré cada una de sus llamadas.
Posteriormente, intentó contactar a Diego.
Mi hermano tampoco le atendió el teléfono.
Ante el silencio, optó por enviarnos mensajes de voz.
Las primeras grabaciones eran puro llanto.
—Mariana, recuerda que te di la vida. Esta crueldad no es justa. Si tu padre contemplara este trato, volvería a fallecer del dolor.
Luego, el llanto se transformó en furia y gritos.
—Ese hogar me pertenece en parte, pasé muchísimos años bajo ese techo. Es inaceptable que me echen a la calle como si fuese una extraña.
Finalmente, pasó a los ruegos.
—Les ruego que no estropeen mi matrimonio. Kevin y yo poseemos proyectos y deseábamos instalarnos allí tras la boda. Esa vivienda es idónea para iniciar nuestra etapa juntos.
Escuchar aquello me provocó una amalgama de repugnancia y burla.
Pretender comenzar de nuevo.
Y hacerlo justamente en la propiedad que nuestro padre construyó con décadas de esfuerzo constante y privaciones. En el mismo espacio donde Diego dio sus primeros pasos, donde yo me refugié en la cocina a llorar por mi primer desamor mientras papá me reconfortaba con chocolate caliente, y donde compartimos tantos aniversarios, fiestas navideñas, almuerzos dominicales y tardes de cine familiar.
La intención de Patricia era sepultar todo ese pasado, instalar a su nueva pareja en el dormitorio de mis padres y actuar como si la existencia de Ernesto nunca hubiese ocurrido.
Diego se encontraba en mi hogar cuando reproduje el último de los mensajes.
Al finalizar la reproducción, permaneció con la mirada fija en el muro por un instante y exclamó:
—¿Traes a la mente su comentario sobre cómo Kevin facilitó que superáramos rápido el luto?
—Lo recuerdo perfectamente.
—Pues bien, facilitemos nosotros ahora que ellos abandonen la residencia con la misma prisa.
Aunque no pronuncié palabra alguna al momento, comprendí a la perfección su intención.
A lo largo de los días posteriores, Patricia recurrió a su papel predilecto: el de mártir.
Utilizó su cuenta de Facebook para difundir reflexiones acerca de la ingratitud filial, los prejuicios hacia las mujeres que buscan rehacer su vida amorosa y el rechazo familiar ante la dicha materna. Aunque omitía nuestras identidades, el destinatario de sus reproches resultaba evidente para el entorno.
Uno de sus textos expresaba:
“Existen quienes eligen vivir atados a la nostalgia en lugar de dejar que una mujer edifique un nuevo futuro”.
En otra ocasión redactó:
“Ciertos hijos carecen de la madurez para comprender el derecho de su madre a alcanzar la felicidad”.
Sentí un impulso enorme de desenmascararla públicamente. Deseaba replicar que la maternidad exige primero actuar con responsabilidad. Anhelaba exponer su abandono cuando yo era una recién nacida, las ocasiones en que dejaba a Diego llorar sin consuelo en su cuna para marcharse a la estética, o sus autorretratos sonrientes en las playas de Cancún mientras mi padre padecía los terribles efectos de su tratamiento contra el cáncer.
No obstante, contuve mis impulsos.
Únicamente revelaba la realidad de lo sucedido cuando nuestros parientes o amistades más íntimas me consultaban directamente.
De ese modo, los hechos reales se propagaron con mayor velocidad que sus difamaciones en la red.
Verónica, la hermana de mi madre, fue la persona de su círculo que primero se comunicó conmigo.
—Sobrina, ignoraba por completo el incidente de las pertenencias desechadas —expresó con tono compungido—. Patricia nos había asegurado que la desalojaban por el simple rechazo que le tienen a su pareja.
—Nuestra postura hacia él se debe a que se deshizo de los recuerdos de papá y ella respaldó esa acción.
Se produjo una pausa silenciosa al otro lado de la línea.
—Tu abuelo ha decidido no asistir al enlace matrimonial —comentó finalmente—. Nadie comprende su comportamiento actual.
A pesar del aislamiento progresivo en que caía, Patricia no mostró arrepentimiento; al contrario, su hostilidad se incrementó notablemente.
Su siguiente paso fue hacernos llegar las participaciones para su boda.
La mía llegó en un sobre de tono crema, decorado con letras doradas y un lazo absurdo. Decía:
“Patricia y Kevin festejan el romance que arribó en el instante preciso.”
El instante preciso.
Sentí una intensa náusea.
Diego me envió una imagen de la suya junto a un mensaje:
“¿Encendemos la parrilla con esto?”
Le respondí:
“Consérvala. Servirá como evidencia de su pésimo gusto.”
No asistimos.
Patricia insistió durante varias jornadas. Argumentaba que, a pesar de nuestra crueldad previa, nos otorgaba la oportunidad de presenciar su enlace con el gran amor de su vida. Repetía esa frase buscando lastimarnos.
El gran amor de su vida.
Mi padre jamás ocupó ese lugar.
Nosotros, sus hijos, tampoco.
Quizás la vivienda sí lo era.
El plazo de treinta días concluyó un viernes.
Patricia no desalojó la vivienda.
Esa misma tarde nos remitió un recado tajante:
“No me iré de aquí. Si pretenden sacarme, demuéstrenlo en los tribunales.”
Nuestro asesor legal ya nos había advertido sobre ese escenario. Un juicio era viable pero lento, y ella apostaba a nuestro agotamiento.
Lo que desconocía era que el sábado celebraría su boda.
Y que ella misma nos brindaba la coyuntura ideal.
Actuamos dentro del marco legal. La propiedad nos pertenecía y poseíamos las llaves, el contrato extinguido, la notificación entregada, actas de incumplimiento y testigos. Aun así, procedimos con asesoramiento. El abogado nos instruyó detalladamente sobre qué trasladar, cómo registrarlo y qué evitar.
El sábado por la mañana, mientras Patricia se maquillaba para casarse con Kevin en un jardín de eventos en Tlalpan, Diego, mi tío Raúl, dos de mis primos y yo arribamos al inmueble.
Entrar resultó desconcertante.
El sitio conservaba su aroma característico: madera vieja, limpiador económico y el jazmín que mi padre sembró junto a la ventana de la sala.
Permanecí inmóvil un instante, contemplando la butaca donde él solía repasar el periódico.
Diego posó su mano en mi hombro.
—No te concentres en ella. Piensa en él.
Eso hice.
Evoqué a mi padre cargándome dormida tras una fiesta infantil. Pensé en sus dedos engrasados reparando mi bicicleta. Recordé el temblor de su voz en el hospital al decirme:
—Protege a tu hermano. Y no permitas que nadie les despoje de lo que les pertenece.
Aquel día ejecuté su última voluntad.
Registramos todo en video. Cada habitación, cada mueble y cada caja. Clasificamos las pertenencias de Patricia y Kevin, embalándolas con suficiente cuidado para evitar acusaciones de daño, y las colocamos en el corredor lateral techado, fuera del inmueble pero sin dejarlas en la acera.
Prendas de vestir. Calzado. Cosméticos. Altavoces. Maletas. Numerosas camisas ajustadas de Kevin. Una bicicleta estática que seguramente jamás empleó. Tres espejos de gran tamaño. Estuches de maquillaje. Perfumes. Fotografías de la pareja.
Diego sonrió con amargura al ver las imágenes.
—Mira, sí tenían espacio para guardar porquerías.
Guardé silencio, pensando en las cajas de mi padre. Evocando cómo habrían terminado aplastadas en un camión recolector, bajo desperdicios de comida y bolsas negras. Pensé en sus anotaciones manuscritas, los álbumes familiares que ya no recuperaríamos y las herramientas que Diego deseaba conservar para su descendencia.
La aflicción retornó con fuerza.
Pero esta vez no me hundió.
Me sostuvo.
El tío Raúl se encargó de reemplazar los cerrojos. Colocamos dispositivos de videovigilancia. En el acceso principal fijamos una notificación que contenía los datos de contacto de nuestro defensor legal junto al duplicado de la orden de lanzamiento. Asimismo, notificamos a la junta directiva del fraccionamiento y a un agente policial de la zona vinculado a mi abuelo, con el único propósito de prevenir altercados en caso de que Patricia pretendiera ingresar mediante violencia.
Al caer la noche, convocamos a mis abuelos, tíos y un par de primos para compartir una cena en la propiedad.
Aquello no representaba una celebración.
Constituía un rescate.
Mi abuela colocó un ramo blanco al lado del retrato de mi padre. Mi abuelo, a quien las lágrimas rara vez se le veían, permaneció contemplando la imagen durante un prolongado silencio.
—Este hogar recupera su aliento —pronunció.
Faltando diecisiete minutos para la medianoche, se oyó el rechinar de un vehículo al detenerse enfrente.
Posteriormente, carcajadas.
Después, pisadas inestables.
Patricia y Kevin aparecieron luciendo sus trajes nupciales, en evidente estado de ebriedad. Ella sostenía el dobladillo de su falda para evitar que tocara el suelo, mostrando un rostro despintado y el buqué presionado contra su torso. Kevin procuró introducir la llave en la ranura.
Resultó inútil.
La sacudió.
La retiró.
Reintentó la acción.
Sin éxito.
—¿Qué rayos ocurre? —masculló.
Presa de la desesperación, Patricia le arrebató el llavero para probar por su cuenta.
El resultado fue idéntico.
En ese instante divisó el lente de la cámara.
Acto seguido, observó los paquetes amontonados a un lado.
Y en ese punto lo comprendió todo.
Empezó a arremeter a golpes contra la madera.
—¡Mariana! ¡Diego! ¡Abran de inmediato!
Mi hermano y yo intercambiamos una mirada.
Destrabamos el acceso.
No del todo. Apenas una rendija.
Patricia permaneció estupefacta al descubrir nuestra presencia.
—¿Qué es esto? —interrogó con un tono tan chillón que resultaba irreconocible.
—Tomar lo que es nuestro —contesté.
Kevin avanzó de manera desafiante.
—Carecen de derecho para esto. Este es nuestro hogar.
Diego enarcó una ceja.
—Residían aquí.
Patricia procuró forzar la entrada, pero la resistencia de Diego lo impidió.
—¡Soy tu progenitora! —me vociferó—. ¡Me echas a la calle precisamente hoy!
Mi hermano esbozó una mueca carente de regocijo.
—Míralo como un favor. Facilitamos que superes rápidamente la pérdida del inmueble.
El semblante de Patricia se transformó. Inicialmente mostró desconcierto. Después ira. Finalmente, una expresión similar al temor.
Mis abuelos se colocaron a nuestras espaldas.
Mi abuelo, sosteniéndose sobre su bastón, alzó la voz con un vigor que no manifestaba desde las exequias.
—Patricia, esta vivienda es de mis nietos. Ernesto la blindó legalmente previendo el daño que ustedes le causarían. Tu presencia ya no es grata aquí.
—No se entrometa —replicó Kevin con desdén.
Aquel fue su desacierto.
El tío Raúl abandonó el salón y se colocó al lado de Diego.
—Modera tu tono, jovencito.
Kevin, impulsado tal vez por los vapores del alcohol o la vergüenza, pretendió irrumpir a la fuerza. Diego usó su antebrazo para contenerlo y desplazarlo hacia atrás. No representó una agresión, sino un apercibimiento.
—Si das otro avance, daré aviso a las patrullas —advirtió mi hermano—. Y el motivo no se limitará al equipaje.
Kevin observó el entorno. Varios residentes observaban desde sus ventanas. Los parientes ocupaban el umbral. Los lentes registraban todo. Sus pertenencias yacían en la acera.
Su soberbia se había esfumado.
Patricia comenzó a derramar lágrimas, aunque no brotaban de la pena, sino de una rabia contenida.
—Nos han arrojado a la vía pública.
—Te equivocas —respondí—. Te retiras con tus pertenencias, tu cónyuge y los recursos que mi padre te dejó. Una parte muy superior a lo que nos concediste en nuestra infancia.
Ella clavó sus ojos en mí como si hubiese recibido un golpe físico.
Y en efecto ocurrió.
Por medio de la realidad.
Durante esa madrugada cargaron parte de los bultos en el automóvil. Lo restante fue retirado en la jornada posterior. Deduje esto último debido a que, al telefonearme Patricia reclamando ciertos paquetes ausentes, le contesté empleando el mismo desdén con el que ella nos trataba antes.
—Lo ignoro. Quizá alguien las desechó con el fin de liberarte de lo material.
Finalizó la llamada.
Al cabo de unas semanas, el magistrado resolvió que Kevin debía sufragar una indemnización mínima por los destrozos ocasionados. La cifra se fijó en apenas 35,000 pesos. Ninguna suma de dinero lograría devolvernos las pertenencias de mi padre. Sin embargo, constatar que Kevin se vio forzado a asumir su responsabilidad, por menor que fuera, nos trajo cierto alivio.
El tribunal también obligó a Patricia a pagar los alquileres vencidos y los perjuicios resultantes de su rotunda negativa a desocupar la vivienda. Llorando y gritando, nos acusó de ser los causantes de su ruina. No obstante, la realidad era muy distinta: ella misma se encargó de labrar su propio destino.
La unión matrimonial resultó sumamente breve.
Apenas dos meses después, Kevin solicitó la nulidad del matrimonio. Conforme al relato de una tía, él pretendía asegurar vivienda, dinero y una vida desahogada al casarse con una mujer mayor. En cambio, lo único que obtuvo fue una esposa sin propiedades, una deuda a su nombre y el desprecio de una familia que no lo toleraba.
Patricia terminó mudándose a un minúsculo departamento ubicado en Iztapalapa, apartada del estilo de vida cómodo que mi padre le financió durante tantos años. No experimento alegría ante su decadencia, pero tampoco es algo que me cause insomnio.
En la actualidad, la residencia se encuentra alquilada a un grupo familiar que la mantiene en excelentes condiciones. Se trata de un matrimonio con dos pequeños hijos. Cumplen puntualmente con las mensualidades, riegan la planta de jazmín que perteneció a mi padre y hace poco la señora me envió un mensaje expresando que percibía una vibración sumamente agradable en el hogar.
Mis ojos se llenaron de lágrimas al leer aquel mensaje.
Diego y yo descartamos la opción de vender la propiedad. Aún no nos sentimos preparados para dar ese paso. Tal vez ocurra en el futuro, o quizás nunca suceda. Aquella casa continúa representando el sitio donde logramos percibir a nuestro padre con mayor cercanía.
A veces visito el lugar en soledad, me acomodo en el banco ubicado en el patio y cierro los párpados. En esos momentos todavía logro imaginarlo cuidando la vegetación, tarareando suavemente alguna antigua melodía de José José y preguntándome si ya había tomado mis alimentos.
Se perdieron sus cajas de pertenencias.
Se extraviaron objetos que jamás volveremos a recuperar.
Sin embargo, su verdadera herencia permaneció intacta.
Esto se debe a que el legado de mi padre no se limitaba a relojes, correspondencia o prendas de vestir.
Se hallaba en la enseñanza de luchar por lo nuestro sin recurrir a la maldad. En la complicidad con la que Diego y yo aprendimos a protegernos mutuamente. En la absoluta certeza de que los lazos familiares no se definen por la consanguineidad, sino por el acompañamiento constante, el afecto y la consideración.
Patricia solía afirmar que debíamos superar la ausencia de mi padre.
No logró comprender nada.
A los padres con su nobleza no se les deja atrás.
Se les rinde honor.
Y en aquel instante, al asegurar la cerradura de su hogar por dentro, teniendo a mi hermano al lado y contemplando el retrato de mi padre colgado en la sala, comprendí por primera vez desde su partida que no lo estábamos perdiendo nuevamente.
Lo estábamos defendiendo.