
PARTE 1
—Olvídate de decir que estimas a esta familia si no te rapas la cabeza ahora mismo.
La tajante orden de Teresa resonó en toda la cocina, dictando un veredicto inapelable.
Permanecía inmóvil al lado del mueble principal, sosteniendo un paquete de obsequio mientras mi melena rojiza resbalaba por mi espalda. Aquellos cabellos no representaban una vanidad ni una ocurrencia superflua; constituían una herramienta fundamental de mi profesión y del camino que tracé por mi cuenta a lo largo de seis años.
Mi nombre es Mariana, cuento con veintinueve años de edad y me dedico al diseño gráfico independiente en la capital del país. Mi enfoque profesional son los carteles de estética retro nacional: propaganda de la época dorada cinematográfica, impresos de mediados del siglo pasado, envoltorios clásicos y letreros tradicionales de antiguos comercios extintos. Quienes solicitan mis servicios aprecian la ausencia de plantillas prefabricadas en mis proyectos. Mi cotidianidad transcurre entre publicaciones añejas, tipografías artesanales, mobiliario de colección, vestuario antiguo y retratos capturados en eventos de recreación de época.
La extensión y el tono cobrizo natural de mi cabellera aportaban una cuota crucial a esa identidad genuina. Solía modelar con ella para guías visuales, promociones y producciones audiovisuales. Diversas marcas requerían precisamente esa imagen: una figura verídica con apariencia de otro tiempo, distanciada de las pelucas artificiales de comercio electrónico.
De modo que me invadió un profundo desconcierto cuando la madre de mi pareja Andrés, Teresa, me entregó el instrumento de corte ante la mirada del grupo.
En un rincón de la estancia aguardaba su nieto de once años, Emiliano, cubierto por una gorra celeste. El pequeño batallaba contra la leucemia; el tratamiento oncológico había mermado sus fuerzas, su pelo y su entusiasmo por el exterior. El cariño que le profesaba era inmenso. Desde nuestro primer encuentro se sintió atraído por mis ilustraciones clásicas, lo que lo motivó a crear sus propios bocetos de bebidas inexistentes, gladiadores de fantasía y espectáculos circenses de su propia autoría.
Sin embargo, los acontecimientos de esa tarde tomaron un rumbo sombrío.
La mujer dispuso que todos los miembros del hogar debían despojarse de su cabello con el fin de probarle al niño que la calvicie no causaba deshonra. Con ese propósito se congregaron Andrés, su hermana Laura, su padre don Héctor, e incluso un retratista profesional contratado para inmortalizar la escena.
Laura inició la secuencia de cortes. Le siguió don Héctor. Por último pasó Andrés, quien bromeaba buscando arrancar una risa a su sobrino.
Al verse inminente mi participación, solicité un diálogo a solas con la dueña de la casa.
—No tenemos asuntos pendientes que tratar aparte de esto —respondió ella—. Es una acción colectiva de nuestra gente.
Intenté exponer que mis aportaciones podían materializarse de modos distintos, como ceder ilustraciones para eventos benéficos, elaborar propaganda de recaudación, pasar tiempo con el menor o proveerle de útiles artísticos. No obstante, desprenderme de mi melena implicaría un menoscabo grave a mi sustento financiero.
Ante mis palabras, Laura comenzó a sollozar amargamente.
—Yo abandoné mi empleo en el norte para atender la salud de mi hijo. ¿Y tú no eres capaz de sacrificar tu apariencia?
El pequeño dirigió hacia mí su mirada debilitada.
—¿No quieres parecerte a mí porque me veo feo?
Aquella interrogante me causó un dolor profundo en el pecho.
—No, Emi. Tú luces con gran entereza. Pero yo requiero conservar mi aspecto físico por razones estrictamente laborales.
Con el rostro encendido por la incomodidad, Andrés me instó a marcharnos.
—Vámonos de aquí, Mariana. Queda claro que no comprendes lo que representa el afecto verdadero.
Al abandonar la vivienda, las palabras de despedida de Teresa me estremecieron por su crudeza:
—Ese niño acaba de descubrir hoy quiénes forman su verdadero círculo de apoyo… y quiénes eran meros extraños de visita.
PARTE 2
El trayecto de regreso a la Ciudad de México transcurrió en un mutismo absoluto de dos horas que resultaba más abrumador que cualquier discusión a gritos. Mientras Andrés conducía con la tensión marcada en el rostro, yo contemplaba el paisaje exterior por el vidrio, incapaz de sacarme del pecho la interrogante que Emiliano me había planteado. Aquella noche, mi pareja optó por el sillón para dormir. Al cabo de tres jornadas, me confesó sus dudas sobre continuar la relación con alguien que, según él, priorizaba el trabajo antes que la salud de un infante enfermo. Así fue como empaqué una maleta y me marché al hogar de Sofía, mi amiga, invadida por la ridícula sensación de haber visto desmoronarse un proyecto familiar solo por defender la autonomía sobre mi propio físico. Quince días transcurrieron hasta que Andrés se comunicó para pedirme perdón. Reconoció que su progenitora había orquestado aquella situación de forma teatral y que su hermana Laura llevaba meses tachándome de egoísta por no viajar al pueblo cada fin de semana. Me sugirió que fuera a ver a Emiliano para demostrarle mi afecto, a lo cual accedí. Preparé diversos insumos artísticos: rotuladores, hojas de alto gramaje y un volumen ilustrado sobre figuras célebres sin cabello, incluyendo al Profesor Xavier, luchadores profesionales, astronautas e intérpretes de cine. Al llegar, Teresa pretendió cerrarme el paso, pero la voz del niño se escuchó desde el interior exigiéndole que me dejara pasar. Dedicamos una hora entera a realizar trazos de paladines calvos, logrando que el pequeño soltara una carcajada después de mucho tiempo de tristeza. En un momento dado, me interrogó sobre si era verdad mi supuesto desprecio hacia la calvicie, una mentira que Laura le había infundido. Con total serenidad, le aclaré que mi decisión de conservar el cabello se debido a que este representaba mi herramienta laboral, del mismo modo que su madre había tenido su propio empleo antes de dedicarse a cuidarlo. La madurez del menor superó a la de los mayores implicados; me expresó su alivio de que no me lo hubiera rapado para poder continuar diseñando afiches hermosos. Una vez que el niño concilió el sueño, Teresa me advirtió que no regresara, argumentando que mis visitas alteraban la noción de lealtad familiar del pequeño. Aunque Andrés intentó defenderme frente a su familia, la situación derivó en una disyuntiva definitiva: su entorno o yo. Con lágrimas en los ojos, él me propuso un distanciamiento temporal de unos meses hasta la conclusión de las terapias médicas. Aquel planteamiento me abrió los ojos: descubrí que nunca fui su compañera de vida, sino una simple visitante sujeta a constante evaluación. Esa misma noche rompí definitivamente el noviazgo, sin sospechar que el propio Emiliano hallaría el modo de reconectarse conmigo por cuenta propia.
PARTE 3
Transcurrido un mes desde la ruptura con Andrés, Sofía regresó a su departamento portando una novedad sumamente inusual.
Su hermana, que laboraba en el área de enfermería de un centro médico infantil en Toluca donde Emiliano realizaba parte de su terapia, le había compartido un dato. A pesar del deber de confidencialidad sobre los pacientes, le mencionó que la institución solicitaba creadores voluntarios para impartir talleres de arte a niños en tratamiento oncológico.
Sofía me comentó que no tenía la certeza de que se tratara de él, pero que un pequeño paciente preguntaba de forma recurrente sobre cartelería, tipografías antiguas y letreros pintados a mano.
Permanecí en completo silencio.
No hacía falta pronunciar ningún nombre para saber de quién se trataba.
Evoqué la imagen de Emiliano en la cocina cuestionando mi apariencia física. Rememoré sus bosquejos de marcas de refresco inventadas por él. Sentí una profunda indignación por el modo en que los adultos habían instrumentalizado su padecimiento físico para medir su sumisión.
A la mañana siguiente, me puse en contacto con el hospital.
Evité solicitar un encuentro directo y no di su nombre. Simplemente me presenté como lo que era: una diseñadora gráfica con destreza en la enseñanza de artes manuales, dispuesta a donar mi tiempo para que los niños tuvieran un espacio de recreación, expresión y autovaloración creativa mientras afrontaban un proceso corporal tan complejo y doloroso.
Transcurrieron tres semanas de preparación. El entrenamiento abarcó desde la indagación de antecedentes y medidas de higiene hasta el soporte emocional, los límites de conducta y el trato con menores enfermos. En ese lapso comprendí que la terapia no solo deja secuelas corporales, sino que también despoja al infante de toda sensación de control sobre su cotidianidad, su físico, su escuela y la mirada ajena.
La encargada me aclaró que el arte no curaría su enfermedad física, pero les brindaría la oportunidad de recuperar un territorio que les perteneciera únicamente a ellos.
El primer encuentro se llevó a cabo un martes por la tarde.
Ingresé a una pequeña habitación equipada con mesas forradas de papel kraft, recipientes con pinturas, lápices, pinceles y cuatro pequeños cuyas edades oscilaban entre los nueve y los trece
Atendí la llamada telefónica a pesar de mi resistencia inicial.
—Emiliano nos lo reveló absolutamente todo —expresó con la voz entrecortada—. Lo de la clínica, el aprendizaje, el afiche. Mis padres observaron sus ilustraciones.
Guardé silencio.
—Necesito que nos encontremos, únicamente para dialogar.
Accedí a reunirnos para tomar un café en un sitio concurrido, buscando dar un cierre definitivo a nuestra historia más que por guardar alguna ilusión.
Andrés se presentó con un aspecto demacrado y notables signos de cansancio en el rostro. Volvió a solicitar mis disculpas. Explicó que al fin comprendía que respaldar a una persona no implicaba ceder ante las imposiciones de terceros; admitió que mi apoyo hacia Emiliano había resultado mucho más consistente y saludable que el del resto de su entorno. Reconoció el error de sus parientes y, en especial, el suyo propio.
—Haber cortado nuestra relación no solucionó absolutamente nada —confesó—. Mi madre y Laura continuaron con sus disputas médicas, mi padre quedó atrapado en medio del conflicto, y yo… yo acabé perdiendo el único pilar sólido de mi vida.
Lo contemplé con compasión, pero sin el menor anhelo de reanudar el noviazgo.
—Andrés, mi amor por ti fue inmenso. No obstante, al presentarse las dificultades, no diste la cara por mí. Decidiste congelar mi presencia en tu vida, asumiendo que mi tiempo podía quedar en suspenso hasta que los tuyos evaluaran si yo era digna de ti.
Él desvió la vista hacia el piso.
—Esta vez actuaría de otra manera.
—Quizás, pero yo ya no soy la misma de antes.
Y aquello constituía una realidad incuestionable.
Durante ese tiempo logré cerrar nuevos tratos comerciales. Me trasladé a Puebla con el fin de retratar letreros antiguos pintados a mano, luego a Guadalajara para colaborar en la promoción de un filme, y posteriormente a Veracruz para registrar carteles añejos de hospedajes. Además, continué con mis labores voluntarias en la institución médica, percatándome de que instruir a esos pequeños significaba algo sumamente valioso para mí.
Rechazaba por completo la idea de regresar a un vínculo afectivo donde mi propia autonomía fuera percibida como un peligro.
Andrés derramó lágrimas ante mi negativa, aunque terminó por respetar mi postura. Me propuso continuar comunicándonos como amistades, a lo cual respondí que cabía la posibilidad, siempre y cuando estableciéramos fronteras bien definidas. Asimismo, quiso saber si mantendría el trato con Emiliano.
—En tanto él lo desee y no afecte negativamente a nadie, por supuesto que sí.
Transcurrido poco tiempo, Teresa se comunicó conmigo.
Su entonación se percibía transformada, carente de la rigidez anterior y notablemente apaciguada.
—Mariana… Emiliano desea continuar recibiendo tus enseñanzas. Ha concluido la etapa más severa de su proceso médico y los especialistas reportan una evolución positiva. ¿Estarías dispuesta a brindarle asesorías particulares una vez al mes?
Me causó un gran asombro detectar tanta docilidad en sus palabras.
Accedí a la propuesta.
A lo largo de diversas jornadas mensuales, me desplacé a la comunidad los fines de semana. Teresa y don Héctor me daban la bienvenida con café caliente, repostería local y una delicadeza extrema, semejante al temor de manipular una pieza valiosa que previamente se ha quebrado. Laura esquivaba mis ojos en un inicio, pero al cabo de un tiempo comenzó a capturar imágenes de los proyectos artísticos de Emiliano para presumirlos ante sus contactos del sector gráfico.
El progreso de Emiliano resultó asombroso. Desarrolló un afiche para el negocio de herramientas de la familia, fundado originalmente por el bisabuelo de Andrés. Posteriormente estructuró la etiqueta para una marca de miel ficticia, diseñó la portada de un semanario enfocado en cosmonautas nacionales y creó la publicidad para una función de felinos que volaban.
Creí que por fin los acontecimientos habían derivado en un estado de tranquilidad absoluta.
Sin embargo, erré en mi apreciación.
Una tarde de sábado, a mitad de nuestra sesión de dibujo en el salón de Teresa, Andrés se presentó en estado de ebriedad.
En un primer instante supuse que acudía simplemente a ver a sus parientes. Nos habíamos cruzado de forma esporádica anteriormente y nuestros intercambios habían sido fugaces, rayando en la incomodidad. No obstante, en esta ocasión irrumpió trastabillando, con la mirada inyectada en sangre y su vestimenta desarreglada.
—Mariana —pronunció, esbozando una sonrisa que me causó un profundo escalofrío—. Tú y yo debemos conversar.
El fuerte tufo etílico se percibió antes de que lograra aproximarse.
Emiliano detuvo su trazo e interrumpió su labor.
—Tío, nos encontramos a mitad de la lección.
—Silencio un momento, muchacho.
Su tono distaba del afecto que solía mostrar al pequeño; se escuchó grave y cargado de resentimiento.
Me incorporé lentamente.
—Andrés, no mantendré ninguna conversación contigo en ese estado. Teresa se encuentra en la cocina. Emi, por favor, dirígete con tu abuela.
Andrés sujetó con fuerza la muñeca de Emiliano en cuanto el niño intentó levantarse.
—Evita intervenir —advirtió Andrés.
—Libéralo ahora mismo —le exigí.
El pequeño forcejeó para liberarse y en ese instante sucedió lo inconcebible.
Andrés cruzó la cara del niño con un golpe seco.
El impacto resonó con fuerza en toda la habitación.
Emiliano permaneció inmóvil, cubriéndose la zona lastimada. Avancé con
Me tomó demasiado tiempo comprender una verdad amarga: los parientes que demandan renuncias para demostrar fidelidad jamás se conforman con la primera ofrenda.
Empezaron exigiéndome la melena.
Posteriormente me reclamaron el empleo.
Más tarde me arrebataron mis horas libres.
A continuación demandaron que me callara.
Y en el desenlace, pretendían que confundiera el temor con el afecto.
Sin proponérselo, Emiliano me dio una gran lección. Para un pequeño bajo tratamiento, no hacía falta que su entorno se quitara el pelo para no sentirse solo. Lo que requería eran personas maduras que actuaran con sinceridad, que estuvieran allí y que evitaran transformar su sufrimiento en un torneo de renuncias mutuas.
En ocasiones, el afecto se demuestra rapándose por completo.
En otras, consiste en sentarse junto a la cama para trazar dibujos de campeones sin cabello.
Y en ciertos momentos, a pesar de que te tachen de egocéntrico, el cariño verdadero radica en declarar:
—No arruinaré mi existencia solo para que ustedes tengan el derecho de nombrar a esta unión una familia.